Escrito por Gorka Montagut el 15 de Junio de 2011

Ayer martes tuvo lugar en el espacio Utipucus un charla de (con) Julius Wiedemann. Editor de Taschen, mundialmente conocida por su buen y “mal gusto”. Julius lleva unos siete años editando libros en la casa alemana. Aunque pueda parecer que lleve toda la vida, por la cantidad de libros de diseño que ha publicado. Diseño con mayúsculas, de izquierda a derecha, de norte a sur, de abajo arriba… D-I-S-E-Ñ-O.
El espacio contó con un aforo medio. Pese a lo importante de la figura de este editor, que ya vino a Madrid a finales del año pasado con motivo de la Bienal Iberoamericana de Diseño. Quizá el tema de la conferencia: “El futuro del libro”, no suscitó el interés de la industria creativa. Mucho más focalizada en el mundo virtual, social y viral.
El editor explicó la actual situación del libro. De cómo éste está virando hacia la digitalización sin un rumbo bien definido. Y de la coexistencia de ambos formatos: el analógico y el virtual. La industria ha empezado ha diferenciar entre lectores y compradores de libros. Estos primeros disfrutan de la lectura, y los e-book son idóneos para poder archivar y transportar muchos sin sufrir escoliosis. Los compradores de libros, por otra, disfrutan desde el inicio de la búsqueda y compra de un libro. De hojearlo de pie en una librería, de coleccionarlo o regarlo. Del libro como un objeto – precioso, añadiría yo -.
Taschen lleva tiempo aportando un plus a sus publicaciones. Desde los primeros concursos donde se sorteaban experiencias al primero en encontrar la cara de uno de sus editores. Hasta su último proyecto: un libro sobre infografías con una “infografía sobre infografías” en cubierta. Pese a la crisis, la originaria tienda de cómics sigue y seguirá sorprendiéndonos.
En los ruegos y preguntas se comparó la crisis editorial con la sufrida por la industrial musical. Y una vez más se volvieron a oír voces sobre la gratuidad de la cultura. Voces jóvenes reivindicando el trabajo de alguien de modo gratuito. Enfrentadas a otras más adultas y reflexivas. Por lo tendríamos que empezar a hablar, más bien, de crisis en la industria de la cultura (y ocio). Si seguimos devaluando el trabajo de alguien sufriremos una desprofesionalización de la cultura. Nadie cualificado querrá escribir libros, canciones, poemas, guiones para películas… Porque si todo es gratis ¿cómo se pagarán los merecidos sueldos de estos trabajadores de la cultura?
¿Qué opináis vosotros?